“Después de años de mudarse y ser desalojados, una familia vulnerable encuentra estabilidad cuando el centro de Compasión les provee un hogar permanente.”

 

El sonido de los truenos rompe el silencio en un día hermoso y soleado en Soritor – un pueblo de la selva peruana. Julia es madre soltera, y regresa a casa después de un día largo de trabajo en el campo. Llega justo a tiempo. Afuera, las nubes se abren, y empieza a llover a cántaros. Al entrar al cuarto que comparte con sus cinco hijos, su hijo de 16 años le da noticias alarmantes. 

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“Nos han dicho que debemos salir en dos días. ¿A dónde iremos ahora?”; “Nos iban a botar en cualquier momento,” dice Dilber, el segundo hijo mayor de Julia.
 

Mudarse no es algo nuevo para esta familia. Incluso antes que algunas de las restricciones de la cuarentena se levanten, Julia apenas podía llegar a fin de mes, y el mantener a su familia era una lucha constante.

 

 “Trabajo en los cultivos de café y arroz, a treinta minutos de aquí. Mi sueño es criar a mis hijos bien y apoyarlos en lo que puedo” dice Julia.

 

Afortunadamente, la familia no estaba sola al enfrentar este nuevo desafío. Cada semana, el director del centro de Compasión, Alfredo, recibe un reporte de los tutores y voluntarios sobre el bienestar de cada uno de los niños a quienes sirven y atienden. Alfredo se dio cuenta de inmediato que la familia de Julia necesitaba ayuda urgentemente.

 

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“Cuando los visitamos con su canasta de alimentos, Julia había llegado del campo. Sus condiciones de vida eran precarias, y me conmovió mucho. Nadie debería vivir así” dice Alfredo.

 

Todos en la comunidad reconocen la gran labor que hace el centro de Compasión a favor de los niños. Alfredo ha sido proactivo en crear y establecer estas relaciones.

 

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“Lo primero que hice fue convocar a las autoridades a una reunión. Fui por fe, y les expliqué lo que esta familia estaba pasando” dice. “Acordaron permitirle a la familia construir su casita en un pequeño terreno de la comunidad.”

 

Alfredo fue mucho más allá de lo que la familia de Julia esperaba. “También pudimos gestionar que se expida un acta de propiedad para que no tengan problemas en el futuro si hay un cambio de gobierno” sonríe Alfredo.

 

Así como la luz del sol después de un día lluvioso, se sintió como que la tormenta había cesado y un nuevo día había empezado para esta familia. El centro de Compasión y los voluntarios de la iglesia se reunieron, no sólo para comprar los materiales para la nueva casita, sino también para ayudarlos con la mano de obra.

 

 

 La casa fue construida con tallos de caña brava, placas de fibrocemento y láminas de calaminas para el techo. La familia no podía contener las lágrimas de agradecimiento. Los días de mudarse y alquilar cuartos pequeños han terminado para siempre.

 

“No sé cómo agradecerles. Le doy gracias a Dios por haber encontrado buenas personas en mi vida. Ellos siempre comparten con nosotros, están al pendiente, nos traen comida, y ahora tenemos una casa nueva” dice Julia con lágrimas en los ojos.

 

“Ya no tenemos que preocuparnos de quedarnos en la calle. Dios nos bendice a través de la gente del centro; ellos nos ayudan demasiado. Estoy muy agradecido” dice Dilber. “Tener casa propia es diferente. Nos hace sentir seguros y protegidos. Estamos muy felices”.

 

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 “Y mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.”.

 Filipenses 4:19